Llevaba tanto tiempo lloviendo dentro de mí, que mis ojos vivían empañados por miedo a hundirse y ahogarse sin entrever ninguna mano que se atreviera a ayudarlos. La tormenta sigue cayendo, pero ya no son mis manos las que la rehuyen; ya no son mis ojos los que se empañan escuchándola. Cuando te atreves a bailar bajo la lluvia es cuando te das cuenta de que las gotas no queman. Lo que sí que quema en mi interior son los minutos que he perdido esperando una segunda oportunidad. Ahora, lo único que me queda es jugarme la lluvia a ciegas, esperando que mis cartas sean lo demasiado buenas para conseguir otro día más conmigo. Es decir, descubriendo que conmigo puedo conseguir todo lo que me proponga. Solo me queda apostar, poner las cartas sobre la mesa, mirar al sol a los ojos y decirle: «me da igual que no aparezcas, he aprendido a esquivar las gotas y amar las nubes». Entonces, cada día me levantaré buscando la lluvia para pasear con un paraguas que no tapa, mojarme el alma mientras tomo un té sentada en un bar cualquiera y llenarme las ganas pensando en la buena compañía que me daría para ver película envuelta entre mantas, y mimos. Y así, aprendí que no solo es el sol el que te trae buenos paisajes.


No hay comentarios:
Publicar un comentario